Iba de pie, junto a la puerta del vagón. Me fijé en ella porque leía el libro de Cortázar. Tendría como unos 15 o 17 años. Era rubia y un gracioso flequillo le caía hasta cerca de las gafas. Bajo una camiseta amarilla se insinuaban unos pechos incipientes. En la muñeca izquierda un pequeño reloj de chica y unas sencillas pulseras artesanales en la derecha. Vaqueros y sandalias veraniegas completaban su sencillo atuendo. El libro de “Rayuela” parecía viejo y muy usado, por eso, pensé yo, seguramente su abuelo, se lo habría regalado aconsejándole su lectura. También pensé que se llamaría Cristina, o Inés, o Rocío, y me acordé de los nombres de las chicas que pasaron por mis aulas en los últimos años de docencia. Y seguí pensando que me gustaría que fuera mi nieta para ayudarle a descubrir el placer de la lectura. Claro que si lee a Cortázar, seguramente ya conocerá muchos otros autores. En esto estaba cuando en la siguiente estación la chica que leía “Rayuela” se apeó, y yo continué con mi e.book leyendo “Diario de invierno” de Paul Auster.
Marce, se nota claramente el deseo de que tus nietos sean ya algo más mayores para poder compartir con ellos el placer de la lectura,todo llegara y antes de que te des cuenta les estarás recomendando esos libros que dejaron huella en ti. Me ha gustado.
ResponderEliminarResulta estimulante comprobar que leer es una actividad tan ilustrativa como terapéutica. Leer "Rayuela", y especialmente en el metro, puede resultar un ejercicio de auténtico atletismo de concentración mental... Yo prefiero, como tú, amigo Marcelino, el "Diario de invierno" de Auster.
ResponderEliminarGracias a Paloma y a José Mora por vuestros amables comentarios.
EliminarSeguiremos practicando.