miércoles, 24 de octubre de 2012

Confesión

     Yo, para el que quiera saberlo, me llamo Lupe; Lupe del Sol, y ahora, a mis sesenta y cinco años, necesito, primero, sincerarme conmigo misma, y después con todas aquellas personas que me quisieron y yo, en pago, las defraudé y las hice sufrir.

      Cada día, cada hora, cada minuto que transcurre me pregunto de qué color hubiera sido mi vida de haber seguido los consejos de tío Nano y tía Pristila. Pero no lo hice cuando debía, y el color de mi vida ha sido negro. Al morir mis padres ellos me adoptaron con el mismo amor que le tenían al hijo de ocho años que acababan de perder.

      Tío Nano y tía Pristila me inundaban de cariño. Todas sus atenciones eran para mí. Pocas, muy pocas veces me dejaban sola. Únicamente estaban tranquilos, decían ellos, cuando estaba en casa o me tenían a la vista; más recordando la muerte que había tenido el pobre Quirico, su único hijo, que un día jugando al escondite con otros niños cayó a un pozo, seco, y a los cinco días que lo encontraron estaba empezado por las ratas. Quizá por eso, después del colegio, nunca me dejaban salir a la calle. “Los niños que después de la escuela salen a la calle, Lupita –tía Pristila me llamaba Lupita–, son malos estudiantes, y tú, si cuando seas mayor quieres ser profesora, como dices, y enseñar a otros niños, tienes que estudiar mucho”, me decía ella. Pero yo cuando no me faltaba el lápiz me faltaba el sacapuntas, y terminaba en la calle jugando o haciendo travesuras y dislates junto a otros chicos y chicas. El día que la madre de mi amiga Bárbara nos pilló haciendo guarrerías detrás de la casa; ella con su hermano de siete años y yo con mi primo Quirico, dos días antes de morir, bien pensé que habría julepe.

    Estábamos cansadas ya de la comba, de las casetas y de las comiditas, y nos pusimos a jugar a esposas y maridos. Nosotras lo que les oíamos decir a otros chicos y chicas más mayores, que la mujer se tumbaba en el suelo y el hombre se echaba encima, desnudos, ambos, de cintura para abajo. Aun cuando nos aburríamos de estar en esa  postura nos asomábamos a ver si confrontaba la cosa del uno con la del otro, ya ves tú, que si lo piensas ahora detenidamente hasta podría tener su punto de ternura. Y mi amiga Bárbara no sé, pero a mí, al día siguiente, que se enteraron en casa, hasta me hubiera gustado recibir algún que otro soplamocos, como le ocurrió a ella, o al menos decirme que esas cosas no se hacen porque son pecado; pero tía Pristila ni eso siquiera. Únicamente dejó escapar –ahora me doy cuenta– una sonrisa picarona, al tiempo que decía: “Demonios de chicos…”

     Por aquel entonces yo no recordaba ya cómo era el cariño, el amor venido directamente de tus padres. Pero nunca lo eché de menos, esa es la verdad; porque a mí  no me faltaba de nada, y mucho menos cariño y amor; eso quizá lo tenía en exceso.

    Yo no entiendo de psicología, pero ahora hay quien me asegura que ahí precisamente puede estar la raíz de mi temprana rebeldía, que al no carecer de nada es posible que careciera  de emociones, y que a esa edad, si no hay emociones, se buscan de una forma inconsciente. Yo no sé si con catorce años, con dieciséis años buscaba emociones. Lo que sí puedo decir es que, por aquel entonces, como dice la canción, era yo un poco retrechera; me encantaba probar la fruta prohibida; hacer aquello que no estaba bien visto, y eso, a mis tíos, les hacía llorar de impotencia; porque, cualquier cosa menos pegarme, decían ellos.
Hasta que cumplí los dieciocho, ellos todo me lo perdonaron: faltar a clase, llegar tarde a casa y otras muchas cosas que hacen tanto daño o más que esas. A partir de esa edad mi vida cambió. Lo primero que hice fue dejar los estudios, y ahí mis tíos  empezaron a perder parte de la inmensa ilusión que habían puesto en mí. Ahí se dieron cuenta, por primera vez, que un día habían perdido a su hijo por culpa de un desgraciado accidente, y ahora estaban a punto de perderme a mí por culpa de mi mala cabeza. A veces llegaba a casa y, mayores ya, los encontraba con cara de no tener a nadie en esta vida. Triste, pero así lo recuerdo. Un día les hice caso y me puse a trabajar en un almacén –no tenía estudios para trabajar en otra cosa, como por ejemplo mi amiga Bárbara, que era enfermera–, y lo primero que hice fue sonreírle y caerle bien al encargado. Lo segundo, quedarme embarazada. Y, qué cosas: lejos de llevar un drama a casa, la noticia puso un rayo de luz en el rostro de mis tíos; pero sólo hasta que supieron que el dicho encargado era casado y con hijos. Y aún siguió aquella mueca de esperanza en sus rostros unas semanas más, sobre todo cuando me hablaban de Inocente, el hijo de unos amigos suyos. Que no tendría mucha prestancia el muchacho, me decían, pero que era hijo único y el mejor estudiante y la mejor persona del mundo, y yo: “¡Antes muerta, tía Pristila!”

    Eso fue para ellos un nuevo golpe. Luego, el estoque final se lo di cuando les dije que el niño no nacería nunca. Aún así, ellos me cuidaron con verdadera paciencia y amor el tiempo que estuve en casa reponiéndome del sucio y espeluznante trabajo que una bruja clandestina hizo dentro de mis entrañas. Y a punto estuvo aquella lamentable decisión mía de cambiar mi vida, puesto que, viendo que aquel camino no llevaba a otro sitio que a la perdición, un día me puse de rodillas ante ellos y les juré, convencida –eso podría decirlo ahora  desgarrándome la garganta–, que a partir de ese momento sería la hija que ellos soñaban tener, la hija que ellos se merecían, y que lo primero que haría sería reanudar los estudios. Hasta entonces, siempre que había visto llorar a tía Pristila, que habían sido muchas veces, había sido de dolor y de tristeza. Ese día, en cambio, sus lágrimas no eran iguales. “Daría mi vida, Lupita. Daría mi vida porque eso que dices fuera así”, decía ella mientras se le vaciaban los ojos en el pañuelo.

    No, no fue así; porque a los pocos días unos hombres vinieron a buscarme y me llevaron a declarar por lo que había hecho, y ahí se truncó mi firme y sincera decisión de comenzar a pagar el sueño que les había robado a mis tíos, dispuestos, siempre, a dejarse arrancar el alma con tal de verme feliz.
Volví a casa sólo para coger algunas cosas personales –pocas– y para que Tío Nano y tía Pristila terminaran de morirse de pena viendo cómo me llevaban a la cárcel.  La cara con la que me despidieron la tengo grabada a navaja aquí sobre mis carnes. Nunca, nunca he visto un llanto más sincero y más amargo. Aquella fue la última vez que los vi; porque no les di tiempo a que vinieran a visitarme.

    A los pocos días, quien sí me visitó fue un hombre joven, canijo y poco agraciado de cara. Era algo rubiato, usaba gafas y el pelo lo llevaba lamido hacia atrás. Portaba una cartera casi tan grande como él, bien bruñida y repleta de papales. Dijo llamarse Inocente Castillo, y según él, se presentaba más como amigo que como abogado mío. Hablaba con alguna dificultad; como si no le salieran las palabras. Lo había visto sólo una vez y apenas lo recordaba. Me dio esperanzas. Me habló de conductas y comportamientos; que yendo por el buen camino no estaría allí más de seis meses, y que si me olvidaba del pasado aún tenía tiempo de rehacer mi vida. Yo, pensando en mis pobres tíos, a todo decía que sí, y el letradillo se marchó de allí como unas pascuas.

   Un día le dije a la carcelera de turno –Rosalinda se llamaba–, que me gustaría estudiar derecho y poder ayudar a las mujeres que tuvieran mi mismo problema. Le faltó tiempo a la mujer, y a los ocho días reanudé los estudios que tiempo atrás había abandonado.
No, no tuve suerte aquí tampoco; porque un día al salir de clase fui violada por dos presas que trabajaban recortando los setos de dentro del recinto. Me amenazaron con unas tijeras enormes y no pude evitarlo. A una de ellas la había visto en alguna parte, pero no recordaba. Luego supe que se llamaba Goria y pensé en la bruja chapucera que estuvo a punto de mandarme al otro mundo. Era ella, y a partir de ese momento me subió tal calor a la cara y tal fuerza a los brazos que sólo se me quitó cuando hice un pincho con el rabo de una cuchara y se lo clavé en el corazón. Ella murió a los diez minutos y a mí, a las pocas semanas, me trasladaron lejos, como reclusa peligrosa, donde volví a ser violada. Después de aquello, ningún rincón de mi cuerpo ni de mi alma quedaba ya limpio. A partir de ahí perdí todo atisbo de decencia y comencé a darme asco a mí misma. Nada importaba ya prostituirse. Daba igual hacerlo con hombres o mujeres; mi dignidad estaba muerta. Por otra parte, era la única forma de ganar dinero, dinero sucio, sí; pero vital para ser algo allí adentro.

   Otra cosa mal hecha fue que, cuando llevaba siete años entre rejas, intentara fugarme con la documentación y librea de una carcelera, arrogante y estirada, que desnudé y amordacé en la lavandería. Eso y que un día me diera por acuchillar al médico que pasaba la consulta por no saber o no querer curarme un dolor de muelas, alargaba y alargaba mi condena. Así, llegó un día que la cárcel se había convertido en mi tercer ojo; en realidad no sabía ya si quería salir de allí. No sabía si aquello era mi vida o mi muerte; mi alegría o mi dolor. Es el caso, que fui acoplándome, blandamente, a los destinos que me daban, al  mismo tiempo que temía a los problemas que se intuían en la calle; ahí donde se encuentra esa supuesta libertad, que después de años sin vivirla dicen que se come el alma de los presos que salen y no tienen dónde ir. Tío Nano y tía Pristila habían muerto hacía años, y de Bárbara no había vuelto a saber. Nunca tuve a nadie más. Después llegó el día en que yo también me vi en esa encrucijada. Me faltaban unos días para cumplir mi condena, e intentar hacer alguna otra pequeña necedad para retrasar mi libertad, no hubiera dado resultado. Ya no me querían allí. Me veía en la puerta de la prisión, por dentro, y alguien detrás de mí dándome la última patada en el trasero para que me decidiera, de una vez, a salir a la calle. Una vez fuera ¿qué haría, caminar, sin rumbo, hasta encontrar un lugar solitario donde morir en silencio, o tirarme en cualquier acera de cualquier calle y esperar a recoger unas migajas y sobrevivir hasta el día siguiente?  Sí, cualquiera de esas dos cosas haría; porque, por no valer, no valía ya ni para prostituta. Mi cuerpo, macerado y menopáusico, ya no era el de aquella rimbombante y engreída quinceañera que mis propias amigas, incluida Bárbara, suspiraban por tener. En nada se parecía ya al de aquella presa, novicia y peligrosa, que tántos deseos carnales despertó –algunos sucios, otros menos– en su arribo a los dos centros penitenciarios que pisó. Ahora mismo podía pensar, sin miedo a equivocarme, que he errado  en todas las cosas, en todas las decisiones que he tomado en mi vida, excepto en una.

   Por fin llegó el momento ya menos deseado por mí, y al tiempo de poner los pies en la calle y comenzar a probar las hieles de mi nuevo destino, se me acercó un hombre bien vestido, de pelo blanco y escaso. Usaba gafas y era bajo y regordete. “Perdón, señora, ¿Lupe del Sol?”, me preguntó con una educación y un respeto que ni mucho menos mis oídos estaban ya acostumbrados a oír. Y después de unos segundos de perplejidad y duda, pude decir: “¿Inocente Castillo, más amigo que abogado?”

   Llovía, y la estela brumosa que el coche iba dejando tras de sí biselaba la fachada de mi larga y triste pesadilla. 


                                          Pío Mª Yagüe.

1 comentario:

  1. Me ha gustado mucho tu relato Pío, creo que hay mucho trabajo detrás de él. Es duro y real como la vida misma y la forma autobiográfica de narrarlo que le has dado le hace aún más verídico. Se aprecia una gran evolución y madurez en tu escritura.

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