martes, 11 de febrero de 2014

Una práctica:El narrador equisciente y el punto de vista

Se llama Paulina aunque desde siempre todos la llaman Lina y con Lina se ha quedado aunque en su DNI aparezca como Paulina González Garamón. Siempre ha vivido en Madrid o, mejor dicho, en Carabanchel Bajo.
Su madre se desentendió de ella y de sus hermanos, uno mayor y otro más pequeño, y se marchó a Valencia a trabajar en una fábrica de confección de pantalones vaqueros y, sobre todo, decía, para estar cerca del mar. Esto sucedió poco antes de que su padre (era relojero y en los buenos tiempos, que Lina no recuerda, llegó a tener tienda y taller propios), perdida la cabeza por el alcohol y con la vista muy reducida, se volviera loco por los páramos de la Mancha, recorriéndolos en una bicicleta y manteniéndose unas veces de la caridad y otras con trabajillos menudos y pasajeros.
Todo el tiempo han vivido, como repite con frecuencia, en Carabanchel de lo que su abuela sacaba, con su ayuda, del kiosco de periódicos y revistas, chucherías y algunos libros, que tenía situado en un buen sitio del barrio de Arguelles. Su madre vive ahora en Alicante, está jubilada por la artrosis y por la columna, que la tiene hecha cisco; de tarde en tarde viene a Madrid, se queda en la casa de su hermano mayor que, según le parece a Lina, es un buen muchacho casado y con una hija pequeñita. La madre se queda una semana o dos, más por la niña que por los hijos y se vuelve a la orilla del Mediterráneo. Y ya hasta que le dé la ventolera por hacerles otra visita. A su padre le perdió la pista hace años y no sabe si continuará pedaleando o habrá dejado definitivamente la bici y la botella en algún lugar perdido de este mundo.
De su otro hermano prefiere no hablar pero no puede evitar desahogarse. Estaba empezando el BUP cuando su padre los abandonó a su suerte y después de muchos problemas dentro y fuera del instituto se metió en la mierda de las drogas, al principio el porrito, el canutito y yendo cada vez a más, desintoxicaciones y malos pasos y peores recaídas, hasta las cejas de heroína y  pastillas y todo lo que le cayera a mano. Malvivía del trapicheo y de bajarse al moro y de hacer de mulero, y lo trincaron una vez y otra. Lina lo sacaba como podía pero no había manera de enderezarlo. Se murió en una cárcel de Burgos, hace como dos años, del sida y de todo lo que se había metido en el cuerpo.
Lina tiene ahora cuarenta y un años y desde los dieciséis, en que dejó el Instituto sin acabar le 2º de BUP porque aquello no era lo suyo, ayudó a su abuela en el kiosco de periódicos que, con los tiempos y las crisis, ha terminado por convertirse en una especie de chamarilería de cosas inacabables. Su abuela se lo dejó, antes de morir, por haberla cuidado, más que si hubiera sido su madre, cuando ya no podía ni moverse y era ella la que se hacía cargo de todo el negocio como única responsable.
Desde los diecisiete años ha tenido relaciones o novios o como se les quiera llamar, que le duraban más bien poco. La primera vez que se enamoró fue de un chico de veinte años que trabajaba en una pescadería de calidad, en la misma calle en donde está el kiosco, y era el hijo del dueño y a su padre le pareció bien poco la nieta de la quiosquera. Después vinieron otros amoríos. Uno que la engatusó diciéndole que era actor aunque nunca lo vio actuar como no fuera haciendo bulto o de extra en alguna serie de la televisión. Otro, un italiano, no tan guapo como dicen que son todos, al que conoció en unas vacaciones en Calella. Y de otros de los que no se acuerda ni de sus nombres. Sí de Ramón, porque fue el primero que la llevó a un concierto de jazz y al café Gijón, en donde había escritores y gente por el estilo, y al Museo del Prado, que le pareció algo fuera de lo común, una verdadera pasada, y al teatro varias veces. Le enseñó tantas cosas en la cama y fuera de ella que Lina no podía imaginar que existieran, y a hablar en voz baja y a escuchar con atención lo que decían los demás. Su relación le duró poco más de seis meses, hasta el día en que le dijo que se tenía que ir durante un curso a los Estados Unidos y que la llamaría cuando regresara. Lina lo echó de menos desde el principio y notaba su falta cada día cuando él se pasaba a comprar El País y revistas de intelectuales y a charlar, y se daba cuenta de que a él le gustaba, lo sabía por cómo la miran babeando los tíos, y es que ella misma reconoce que está muy buena. Ramón tenía unos cuantos años más que ella, parecía un hombre tranquilo y paciente con sus ignorancias, lo admiraba y se empezaba a colgar de él; el enamoramiento le duró hasta aquella noche en que salió a dar una vuelta con su amiga Afriquita, que la ayuda el negocio, pagándole un sueldo, y a la que considera todavía más inculta que ella. La llevó al café del cine Doré, que le había enseñado Ramón, y allí, en una mesa estaba él, el muy cabrón, con una jovencita que tenía toda la pinta de una pija de universidad; se hizo el loco, como que no la veía, pero Lina se le acercó y le soltó en voz alta: oye, Ramón, te conozco muy bien, dejé que me follaras hasta que me aprobaste el examen (a Lina no le importaba, cuando se cabreaba de verdad, inventarse una historia con tal de cargarse a un malparido); y ahora veo que estás haciendo lo mismo con esta pivita, profe de mierda. El tío se quedó más cortado que una paragüaya sin saber qué decir. Lina, volviéndose a su amiga, le dijo en su más puro estilo carabanchelero: Afriquita, vámonos de aquí, que este sitio apesta a cabrón hijoputa.  Estuvo mustia y llorosa durante unos días pero al final todo acaba por pasarse.
Ahora ya no quiere acordarse de los tíos que se ha tirado en los últimos tiempos. No existen desde que encontró a su Kevin, el hombre que ha cambiado su vida, pero de verdad, de una manera total. Kevin está de monitor en el Centro de Mantenimiento de la piscina a la que empezó a ir el invierno pasado cuando decidió, en serio, ponerse en forma para cuando llegara el verano, los fines de semana en la piscina, y pasar en la playa dos semanas en agosto, que el dinero no da para más con la típica crisis, que cómo se nota. Enseguida se dio cuenta de cómo la miraba el guapazo del monitor y empezó a llamar su atención como ella bien sabía. Y se quedó prendada de él. Su Kevin es de Bolivia, anda por los cuarenta años, es alto y guapo y tiene el pelo castaño tirando a rubio y los ojos de un gris clarito. Y un cuerpo de gimnasio y unos dientes perfectos y, sobre todo, ese hablar dulce que la entontece. A todo el mundo le cuenta que es muy trabajador y que si está aquí es por tener una experiencia de España y que cuando llegó no le importó hacer de boxeador y de estar un tiempo de conductor de una furgoneta de reparto. Desde que están juntos, Lina se ríe más y se la ve feliz porque su novio se lo da todo en la cama y fuera de ella, se repite. Reconoce que está loca por él y que su amor le ha cambiado la vida, hasta el punto de que tienen proyectos para después de este verano: se casarán en su país y vivirán en Sucre o en La Paz, ya lo decidirán. Y Lina hace sus cuentas: con lo que le van a dar por el traspaso del kiosco y con los dólares que su futuro marido va a sacar de unas casitas y unas finquitas heredadas de una tía suya muy anciana, que ha muerto hace unos meses, ya tienen pensado en poner un negocio, aún no se han puesto de acuerdo en qué clase de negocio, ya habrá tiempo de ver las posibilidades, con el que podrán vivir como reyes en un país que ya la tiene enamorada aunque no lo ha visto más que en fotos. Su amiga Afriquita, a la que considera una aguafiestas, que le tiene envidia por lo feliz que está con su guapo enamorado, no hace más que repetirle que no se puede creer que vaya a hacer lo que se propone, que está loca y hasta ha llegado a decirle que no se fía del tal Kevin y que siempre le ha parecido que todas esas historias que le cuenta de sus país y de su familia y todo ese mundo de color de rosa le parece que tiene algo de falso, que lleva algo escondido, vamos, que no se fía de él. Por esta causa han tenido una agarrada en la que casi llegan a las manos. Afriquita ha dejado de ir al kiosco después de la bronca y Lina, aunque lo siente, no piensa dar su brazo a torcer. Bueno, ya veremos.
Está entusiasmada porque en septiembre va a encontrarse en ese maravilloso país que muy pronto va a ser el suyo.    
   

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