Se
llama Paulina aunque desde siempre todos la llaman Lina y con Lina se ha
quedado aunque en su DNI aparezca como Paulina González Garamón. Siempre ha
vivido en Madrid o, mejor dicho, en Carabanchel Bajo.
Su
madre se desentendió de ella y de sus hermanos, uno mayor y otro más pequeño, y
se marchó a Valencia a trabajar en una fábrica de confección de pantalones
vaqueros y, sobre todo, decía, para estar cerca del mar. Esto sucedió poco
antes de que su padre (era relojero y en los buenos tiempos, que Lina no
recuerda, llegó a tener tienda y taller propios), perdida la cabeza por el
alcohol y con la vista muy reducida, se volviera loco por los páramos de la
Mancha, recorriéndolos en una bicicleta y manteniéndose unas veces de la
caridad y otras con trabajillos menudos y pasajeros.
Todo
el tiempo han vivido, como repite con frecuencia, en Carabanchel de lo que su
abuela sacaba, con su ayuda, del kiosco de periódicos y revistas, chucherías y
algunos libros, que tenía situado en un buen sitio del barrio de Arguelles. Su
madre vive ahora en Alicante, está jubilada por la artrosis y por la columna,
que la tiene hecha cisco; de tarde en tarde viene a Madrid, se queda en la casa
de su hermano mayor que, según le parece a Lina, es un buen muchacho casado y
con una hija pequeñita. La madre se queda una semana o dos, más por la niña que
por los hijos y se vuelve a la orilla del Mediterráneo. Y ya hasta que le dé la
ventolera por hacerles otra visita. A su padre le perdió la pista hace años y
no sabe si continuará pedaleando o habrá dejado definitivamente la bici y la
botella en algún lugar perdido de este mundo.
De
su otro hermano prefiere no hablar pero no puede evitar desahogarse. Estaba
empezando el BUP cuando su padre los abandonó a su suerte y después de muchos
problemas dentro y fuera del instituto se metió en la mierda de las drogas, al
principio el porrito, el canutito y yendo cada vez a más, desintoxicaciones y
malos pasos y peores recaídas, hasta las cejas de heroína y pastillas y todo lo que le cayera a mano.
Malvivía del trapicheo y de bajarse al moro y de hacer de mulero, y lo
trincaron una vez y otra. Lina lo sacaba como podía pero no había manera de
enderezarlo. Se murió en una cárcel de Burgos, hace como dos años, del sida y
de todo lo que se había metido en el cuerpo.
Lina
tiene ahora cuarenta y un años y desde los dieciséis, en que dejó el Instituto
sin acabar le 2º de BUP porque aquello no era lo suyo, ayudó a su abuela en el
kiosco de periódicos que, con los tiempos y las crisis, ha terminado por
convertirse en una especie de chamarilería de cosas inacabables. Su abuela se
lo dejó, antes de morir, por haberla cuidado, más que si hubiera sido su madre,
cuando ya no podía ni moverse y era ella la que se hacía cargo de todo el
negocio como única responsable.
Desde
los diecisiete años ha tenido relaciones o novios o como se les quiera llamar,
que le duraban más bien poco. La primera vez que se enamoró fue de un chico de
veinte años que trabajaba en una pescadería de calidad, en la misma calle en
donde está el kiosco, y era el hijo del dueño y a su padre le pareció bien poco
la nieta de la quiosquera. Después vinieron otros amoríos. Uno que la engatusó
diciéndole que era actor aunque nunca lo vio actuar como no fuera haciendo
bulto o de extra en alguna serie de la televisión. Otro, un italiano, no tan
guapo como dicen que son todos, al que conoció en unas vacaciones en Calella. Y
de otros de los que no se acuerda ni de sus nombres. Sí de Ramón, porque fue el
primero que la llevó a un concierto de jazz y al café Gijón, en donde había
escritores y gente por el estilo, y al Museo del Prado, que le pareció algo fuera
de lo común, una verdadera pasada, y al teatro varias veces. Le enseñó tantas
cosas en la cama y fuera de ella que Lina no podía imaginar que existieran, y a
hablar en voz baja y a escuchar con atención lo que decían los demás. Su
relación le duró poco más de seis meses, hasta el día en que le dijo que se
tenía que ir durante un curso a los Estados Unidos y que la llamaría cuando
regresara. Lina lo echó de menos desde el principio y notaba su falta cada día
cuando él se pasaba a comprar El País y revistas de intelectuales y a charlar,
y se daba cuenta de que a él le gustaba, lo sabía por cómo la miran babeando
los tíos, y es que ella misma reconoce que está muy buena. Ramón tenía unos
cuantos años más que ella, parecía un hombre tranquilo y paciente con sus
ignorancias, lo admiraba y se empezaba a colgar de él; el enamoramiento le duró
hasta aquella noche en que salió a dar una vuelta con su amiga Afriquita, que
la ayuda el negocio, pagándole un sueldo, y a la que considera todavía más
inculta que ella. La llevó al café del cine Doré, que le había enseñado Ramón,
y allí, en una mesa estaba él, el muy cabrón, con una jovencita que tenía toda
la pinta de una pija de universidad; se hizo el loco, como que no la veía, pero
Lina se le acercó y le soltó en voz alta: oye, Ramón, te conozco muy bien, dejé
que me follaras hasta que me aprobaste el examen (a Lina no le importaba,
cuando se cabreaba de verdad, inventarse una historia con tal de cargarse a un
malparido); y ahora veo que estás haciendo lo mismo con esta pivita, profe de
mierda. El tío se quedó más cortado que una paragüaya sin saber qué decir.
Lina, volviéndose a su amiga, le dijo en su más puro estilo carabanchelero:
Afriquita, vámonos de aquí, que este sitio apesta a cabrón hijoputa. Estuvo mustia y llorosa durante unos días
pero al final todo acaba por pasarse.
Ahora
ya no quiere acordarse de los tíos que se ha tirado en los últimos tiempos. No
existen desde que encontró a su Kevin, el hombre que ha cambiado su vida, pero
de verdad, de una manera total. Kevin está de monitor en el Centro de Mantenimiento
de la piscina a la que empezó a ir el invierno pasado cuando decidió, en serio,
ponerse en forma para cuando llegara el verano, los fines de semana en la
piscina, y pasar en la playa dos semanas en agosto, que el dinero no da para
más con la típica crisis, que cómo se nota. Enseguida se dio cuenta de cómo la
miraba el guapazo del monitor y empezó a llamar su atención como ella bien
sabía. Y se quedó prendada de él. Su Kevin es de Bolivia, anda por los cuarenta
años, es alto y guapo y tiene el pelo castaño tirando a rubio y los ojos de un
gris clarito. Y un cuerpo de gimnasio y unos dientes perfectos y, sobre todo,
ese hablar dulce que la entontece. A todo el mundo le cuenta que es muy
trabajador y que si está aquí es por tener una experiencia de España y que
cuando llegó no le importó hacer de boxeador y de estar un tiempo de conductor
de una furgoneta de reparto. Desde que están juntos, Lina se ríe más y se la ve
feliz porque su novio se lo da todo en la cama y fuera de ella, se repite.
Reconoce que está loca por él y que su amor le ha cambiado la vida, hasta el
punto de que tienen proyectos para después de este verano: se casarán en su
país y vivirán en Sucre o en La Paz, ya lo decidirán. Y Lina hace sus cuentas:
con lo que le van a dar por el traspaso del kiosco y con los dólares que su
futuro marido va a sacar de unas casitas y unas finquitas heredadas de una tía
suya muy anciana, que ha muerto hace unos meses, ya tienen pensado en poner un
negocio, aún no se han puesto de acuerdo en qué clase de negocio, ya habrá
tiempo de ver las posibilidades, con el que podrán vivir como reyes en un país
que ya la tiene enamorada aunque no lo ha visto más que en fotos. Su amiga
Afriquita, a la que considera una aguafiestas, que le tiene envidia por lo
feliz que está con su guapo enamorado, no hace más que repetirle que no se
puede creer que vaya a hacer lo que se propone, que está loca y hasta ha
llegado a decirle que no se fía del tal Kevin y que siempre le ha parecido que
todas esas historias que le cuenta de sus país y de su familia y todo ese mundo
de color de rosa le parece que tiene algo de falso, que lleva algo escondido,
vamos, que no se fía de él. Por esta causa han tenido una agarrada en la que
casi llegan a las manos. Afriquita ha dejado de ir al kiosco después de la
bronca y Lina, aunque lo siente, no piensa dar su brazo a torcer. Bueno, ya
veremos.
Está
entusiasmada porque en septiembre va a encontrarse en ese maravilloso país que
muy pronto va a ser el suyo.
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