MADEIRA, UN PARAÍSO
EN MEDIO DEL OCÉANO.
Recogemos en esta
crónica viajera aquellos aspectos que
más recordaremos de los siete días de
nuestra estancia familiar navideña en la isla portuguesa que algunos llaman
también “La perla del Atlántico”.
Lo primero que sorprende al llegar a Madeira es un
aeropuerto construido sobre el mar, sostenido
sobre un bosque de columnas y robando algo de espacio a una ladera. Pero
la sorpresa es aún mayor al comprobar cómo una isla tan montañosa puede
disponer de infraestructuras propias del siglo XXI. La isla se sitúa de Este a
Oeste con una forma más o menos alargada que mide 50 kilómetros de largo por 20 de ancho. Se
ha dicho también que Madeira parece una embarcación
varada en medio del océano, a 900 kilómetros de Lisboa y a una hora de
avión al norte de Canarias.
Los profundos barrancos y las afiladas montañas
multiplicaban por cuatro las distancias de las antiguas carreteras. Sin embargo,
a partir del año 2000, Madeira puede presumir de una red de modernas calzadas
y autovías que permiten llegar en poco tiempo a todos los lugares habitados
pese a su accidentado relieve. Túneles, puentes, teleféricos, todo de moderno
diseño, fueron construidos con los fondos europeos en un tiempo record de 10
años. De esta forma, los productos maderienses, como el plátano, el azúcar, el
vino, así como toda clase de frutas, verduras y flores pueden ser transportados
con razonable rapidez a los centros de venta y exportación, lo cual permite un
mayor desarrollo económico de la isla.
El clima templado y
húmedo favorece una agricultura
intensiva en terrazas y bancales en toda la isla. Hasta cuatro cosechas de
patatas se pueden recoger a lo largo del año. Una pequeña cabaña de ganadería
lanar y vacuno ocupa la zona norte algo más fría. Existe también una amplia red
de canales (“levadas”) que permiten
el trasvase del agua desde el norte más lluvioso hasta la zona sur más cálida y
fértil. Algunas de estas “levadas”
fueron construidas en el siglo XVI por
los primeros habitantes de la isla.
Son frecuentes los “miradouros”, espacios adaptados desde
los que se pueden admirar impresionantes vistas como el de Eira do Serrado en el Curral
das Freiras, o la plataforma construida recientemente sobre el cabo Girao, el acantilado más alto de
Europa. En el centro de la isla se
encuentra el Pico do Arieiro, el
punto más alto, junto a otras instalaciones militares de la OTAN. Portugal fue
fundador de este organismo internacional en 1949. Desde este punto se puede ver
el mar en todo el perímetro de la isla.
El turismo, que ya había comenzado en el siglo XIX, se ha
visto incrementado en los últimos años aprovechando las nuevas infraestructuras.
Conocida es la celebración del Año Nuevo en Funchal,
capital de la isla, de 130.000 habitantes, a la que acuden numerosos extranjeros para
presenciar los ya famosos fuegos artificiales que a las doce de la noche del 31
de diciembre arden a la vez en toda la
ciudad. Hemos contado hasta doce cruceros de gran tonelaje atracados en el
puerto en esa noche de fin de año.
Sorprendentes son también las Grutas de Sao Vicente en la costa norte, cuevas volcánicas que explican el origen de
la Isla. Tubos subterráneos descubiertos
en 1886 que se recorren en visita guiada, con explicaciones en portugués e
inglés. Dispone también de un centro de interpretación del vulcanismo, con museo
y diaporamas que recuerdan el “Viaje al
centro de la Tierra” de Julio Verne. Excelente atractivo para el visitante y
una experiencia didáctica de grato recuerdo.
Diferentes medios de transporte se ofrecen al viajero en
Madeira, autobuses panorámicos que recorren
los alrededores de Funchal, excursiones con guía contratadas por las diferentes
agencias de turismo que operan en la
capital. O bien coches de alquiler. Esta última opción requiere un conductor
experto para sortear las dificultades que presentan las serpenteantes carreteras
por sus curvas y pendientes. Cada una de
estas opciones tiene sus ventajas e inconvenientes. Hemos utilizado los tres
sistemas, incluso los teleféricos. Uno de ellos sube desde el puerto hasta el
pueblo de Monte, desde cuyo santuario se ofrece una espectacular vista de toda
la ciudad. Otro funicular acerca al visitante al Botánico, un centro de cultivo
de flores y plantas autóctonas junto con otras traídas de diferentes partes del
mundo, todas ellas de caprichosos
colores y formas.
Por todo ello nos atrevemos a recomendar este viaje incluso para
huir del frío de Madrid o del calor si se hace en verano y asombrarse de esta
“hermosura salvaje” como la definió el
portugués Enrique el Navegante cuando la descubrió en 1420.
Cuando regresamos a Madrid por Oporto pudimos ver en el
“twiter” la noticia del atentado terrorista a Charlie Hebdo en París. Era el siete de Enero de 2015.
Preciosa crónica a la vez de instructiva y sugerente sobre Madeira, entran ganas de salir corriendo e ir hasta allí. Un estupendo lugar para pasar el fin de año, o cualquier otro momento.Marce, me ha gustado, gracias por compartirlo.
ResponderEliminarEstoy de acuerdo con Paloma: después de leer tu minuciosa "crónica" viajera, sólo le queda a uno por decidir en qué momento va a partir hacia esa isla que tantos motivos de interés ofrece. Gracias, amigo Marcelino, por estimularnos a viajar.
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