domingo, 18 de enero de 2015

Viaje a la isla de Madeira


MADEIRA,  UN PARAÍSO EN MEDIO DEL OCÉANO.

 Recogemos en esta crónica viajera  aquellos aspectos que más recordaremos de  los siete días de nuestra estancia familiar navideña en la isla portuguesa que algunos llaman también  “La perla del Atlántico”.

Lo primero que sorprende al llegar a Madeira es un aeropuerto construido sobre el mar, sostenido  sobre un bosque de columnas y robando algo de espacio a una ladera. Pero la sorpresa es aún mayor al comprobar cómo una isla tan montañosa puede disponer de infraestructuras propias del siglo XXI. La isla se sitúa de Este a Oeste con una forma más o menos alargada que  mide 50 kilómetros de largo por 20 de ancho. Se ha dicho también que Madeira parece una embarcación varada en medio del océano, a 900 kilómetros de Lisboa y a una hora de avión al norte de Canarias.

Los profundos barrancos y las afiladas montañas multiplicaban por cuatro las distancias de las antiguas carreteras. Sin embargo, a partir del  año 2000,  Madeira puede presumir de una red de modernas calzadas y autovías que permiten llegar en poco tiempo a todos los lugares habitados pese a su accidentado relieve. Túneles, puentes, teleféricos, todo de moderno diseño, fueron construidos con los fondos europeos en un tiempo record de 10 años. De esta forma, los productos maderienses, como el plátano, el azúcar, el vino, así como toda clase de frutas, verduras y flores pueden ser transportados con razonable rapidez a los centros de venta y exportación, lo cual permite un mayor desarrollo económico de la isla.

 El clima templado y húmedo  favorece una agricultura intensiva en terrazas y bancales en toda la isla. Hasta cuatro cosechas de patatas se pueden recoger a lo largo del año. Una pequeña cabaña de ganadería lanar y vacuno ocupa la zona norte algo más fría. Existe también una amplia red de canales (“levadas”) que permiten el trasvase del agua desde el norte más lluvioso hasta la zona sur más cálida y fértil. Algunas de estas “levadas” fueron construidas en  el siglo XVI por los primeros habitantes de la isla.

Son frecuentes los “miradouros”, espacios adaptados desde los que se pueden admirar impresionantes vistas como el de Eira do Serrado en el Curral das Freiras, o la plataforma construida recientemente sobre el cabo Girao, el acantilado más alto de Europa. En el centro de la isla  se encuentra el Pico do Arieiro, el punto más alto, junto a otras instalaciones militares de la OTAN. Portugal fue fundador de este organismo internacional en 1949. Desde este punto se puede ver el mar en todo el perímetro de la isla.

El turismo, que ya había comenzado en el siglo XIX, se ha visto incrementado en los últimos años  aprovechando las nuevas infraestructuras. Conocida es la celebración del Año Nuevo en Funchal, capital de la isla, de 130.000 habitantes,  a la que acuden numerosos extranjeros para presenciar los ya famosos fuegos artificiales que a las doce de la noche del 31 de diciembre  arden a la vez en toda la ciudad. Hemos contado hasta doce cruceros de gran tonelaje atracados en el puerto en esa noche de fin de año.

Sorprendentes son también las Grutas de Sao Vicente en la costa norte,  cuevas volcánicas que explican el origen de la Isla.  Tubos subterráneos descubiertos en 1886 que se recorren en visita guiada, con explicaciones en portugués e inglés. Dispone también de un centro de interpretación del vulcanismo, con museo y diaporamas que recuerdan  el “Viaje al centro de la Tierra” de Julio Verne. Excelente atractivo para el visitante y una experiencia didáctica de grato recuerdo.

Diferentes medios de transporte se ofrecen al viajero en Madeira,  autobuses panorámicos que recorren los alrededores de Funchal,  excursiones con guía contratadas por las diferentes  agencias de turismo que operan en la capital. O bien coches de alquiler. Esta última opción requiere un conductor experto para sortear las dificultades que presentan las serpenteantes carreteras por sus curvas y pendientes.  Cada una de estas opciones tiene sus ventajas e inconvenientes. Hemos utilizado los tres sistemas, incluso los teleféricos. Uno de ellos sube desde el puerto hasta el pueblo de Monte, desde cuyo santuario se ofrece una espectacular vista de toda la ciudad. Otro funicular acerca al visitante al Botánico, un centro de cultivo de flores y plantas autóctonas junto con otras traídas de diferentes partes del mundo, todas ellas  de caprichosos colores y formas.

Por todo ello nos atrevemos a recomendar este viaje incluso para huir del frío de Madrid o del calor si se hace en verano y asombrarse de esta “hermosura salvaje” como la definió  el portugués Enrique el Navegante cuando la descubrió en 1420.

Cuando regresamos a Madrid por Oporto pudimos ver en el “twiter” la noticia del atentado terrorista a Charlie Hebdo en París. Era el siete de Enero de 2015.

 

2 comentarios:

  1. Preciosa crónica a la vez de instructiva y sugerente sobre Madeira, entran ganas de salir corriendo e ir hasta allí. Un estupendo lugar para pasar el fin de año, o cualquier otro momento.Marce, me ha gustado, gracias por compartirlo.

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  2. Estoy de acuerdo con Paloma: después de leer tu minuciosa "crónica" viajera, sólo le queda a uno por decidir en qué momento va a partir hacia esa isla que tantos motivos de interés ofrece. Gracias, amigo Marcelino, por estimularnos a viajar.

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