Nací en Alcalá de Henares, en un caserón. Según me han contado, mi mamá gata tuvo siete gatitos preciosos y claro, como eran muchas bocas que alimentar, nos fue regalando. Cuando yo tenía un mes, me metieron en una cajita, que olía a exquisitos bollos, hicieron unos agujeros en un lado de la caja, para que respirara… y cambie de domicilio. Me estaba esperando una señora de radiante sonrisa, vivía sola, era muy cariñosa.
Su casa era cómoda. Suavemente me sacó de la caja, y me decía con cariño: ¡Qué bonita! ¡Qué suave! ¡Qué linda! Eres una bolita sedosa y tiernita. Acercaba su cara y me daba muchos besitos. Pero, yo pensaba: Sí, sí, muchas caricias… y de comer ¿cuándo? Menos mal que llegó su hija con una bolsita, ¡que bien olía! me puso la comida en una tacita plateada ¡Tenía tanta hambre…! Eran bolitas de muchos colores. Con glotonería, lo probé, casi me ahogo, ¡Puaff!, ¡Puaff!, ¡imposible masticarlo! ¡Qué morriña me entró! Cómo me apetecía la leche de mi mamá gata tan dulce y calentita. Agotada y debilitada, me quedé dormida, sobre un cojín. Seguir leyendo...

Me ha gustado el breve texto de Carmen, en la línea del relato infantil, por lo insólito del punto de vista, una gatita presumida que se comporta tal como si fuera una niña. La familia y los amigos son quizás lo más gratificante de la vida. Esperamos que las andanzas de esta Daysi humanizada se multipliquen en nuevas entregas y a ello animamos a la autora.
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