Cuando llegaban las primeras lluvias de otoño, mi abuela se asomaba al patio de los limoneros arrebujada en su toquilla de punto y miraba con un escalofrío al cielo ceniciento y las burbujas que se formaban en la superficie de los charcos. Vamos a tener agua pa’ rato, predecía. La tierra nos daba su olor gratificante después de días y días de sequedad y caluroso verano. Yo salía de la casa. Protegido del agua que caía por una caperuza, improvisada con una saca de las del trigo y, esquivando las canaletas de los tejados, me llegaba hasta la Plaza en donde mis compinches remoloneaban al cobijo de los soportales. Una especie de galbana gris y húmeda nos entumecía.
Ahora, ya tendría que volver a la ciudad, con mis padres y mis hermanos, al colegio, a las tardes tediosas y oscuras, al cine de los sábados y a la paellita de los domingos…
El ardor en las eras y las revelaciones en los maizales, al caer la tarde, quedaban tan atrás…
Ahora, ya tendría que volver a la ciudad, con mis padres y mis hermanos, al colegio, a las tardes tediosas y oscuras, al cine de los sábados y a la paellita de los domingos…
El ardor en las eras y las revelaciones en los maizales, al caer la tarde, quedaban tan atrás…
El cuadernillo 21 tiene mucho sabor a otoño.
ResponderEliminarSegún lo iba leyendo imaginaba la escena algo melancólica y tan del pueblo... y al final la vuelta a la vida en la ciudad y el recuerdo distante de lo acontecido en las eras y los maizales, por cierto, este ultimo párrafo es muy sugerente,te deja con ganas de mas historia.
Seguramente que a José Mora se le ocurrirán más "cuadernillos" con sabor a otoño.
ResponderEliminarYo también creo, como Paloma, que entre los maizales al caer la tarde podían comenzar muchas historias menos tediosas que las de la ciudad.
Por cierto, la improvisada caperuza con un saca de las del trigo también se usaba en mi tierra hasta que escampaba la tormenta.