martes, 15 de noviembre de 2011

Crecer a los 65 años

Hay quien se pasa la vida bebiendo agua en botijo y no muestra el menor interés ni curiosidad por salir de la rutina. Después llega el día que ese botijo se rompe y se da cuenta que se está muriendo de sed mientras contempla su cara de angustia en el arroyo.

Eliecer era uno de esos, que de la noche a la mañana se vio sin una mala pulga que quitarse. De nada le servía ya la experiencia en su trabajo y la buena reputación en la empresa. De nada le servía haberse ido a casa, en su último día, con los bolsillos repletos de agradecimiento.

Era lunes su primer día de retiro, y a las seis y media de la mañana, como toda la vida había hecho, se tiró de la cama y, de una forma mecánica, fue al baño, se afeitó, se lavó, se atusó la media docena de pelos que le quedaban en la cabeza, se acopló las gafas y fue a la cocina. Allí puso algo en el microondas, le dio al botón y volvió a la habitación, donde su esposa sólo era un bulto bajo las sábanas. Una vez vestido volvió a la cocina, se tomó su café con leche, llevó el vaso a la fregadera y… “¿ahora qué?”, se preguntó. Miró la hora en su reloj de oro que le había regalado don Antonio, su jefe, con motivo de su despedida: “las siete”, murmuró, e hizo ademán de descorrer el cerrojo de la puerta, pero su propio pensamiento se lo impidió: “¿A dónde voy?”.

Contó varias veces los pasos que tenía el pasillo de su propia casa: once, y nada acudió a su mente que llenara aquella falta, aquella sensación de vacío que sentía dentro. Salió a la terraza y se encontró con el alba que se anunciaba ya entre la maraña de antenas del tejado de enfrente.

La mañana prometía, pues era templada y queda, ornada, aún, por los últimos retazos de luna. Vio pasar a su vecino del 4º, que caminaba, decidido, hacia la boca de “metro”. Entonces recordó las palabras que un ex compañero, ya jubilado, le había dicho el día anterior: “Es algo psicológico, Eliecer, lo que nos ocurre a los que no hemos sabido hacer en nuestras vidas otra cosa que trabajar. Primero ansías el día de poder descansar, de olvidarte de los mordiscos que a veces recibes en el trabajo, y luego cuando llega ese día te sientes tan desplazado que es como si le estuvieras robando algo a alguien”.

Efectivamente. Ahora sabía que aquel hueco por llenar era el eructo de una nostalgia hasta entonces por él desconocida. Él no estaba ya en la cama, pero el sol sí que lamía los cristales de su ventana y, sin embargo, él se hallaba allí sin un triste recado que hacer.

De pronto quedó extrañado de verse en la calle, ya que no recordaba haber tomado tal decisión, y lo más preocupante era que tampoco sabía qué rumbo tomar, pues por primera vez en su vida nadie le esperaba en ninguna parte.

Al final recaló en un parque cercano a su casa, donde algún deportista se ejercitaba y algún paseante hacía lo propio junto a su perro. Allí nadie le miraba ni le daba los buenos días. En cambio él sí creía leer el pensamiento de quien se le cruzaba en su camino: “¿Qué hará este pavo por aquí, a estas horas, un lunes por la mañana?”

Era la primera vez que Eliecer pisaba un parque en un día laborable. Lo encontraba anómalo y triste: los bancos vacíos, las mesas vacías, el campo de fútbol vacío y mudo; todo estaba vacío y mudo. Únicamente alegraba sus oídos el silbo cadencioso de los mirlos y los ladridos de un perro corriendo tras una pelota.

Aquella mañana Eliecer no caminaba por el parque, sino vagaba junto a una sombra que le seguía a todas partes. Volvió a mirar su reloj: “las diez de la mañana; hora de comer el bocadillo en la empresa”, murmuró.
Soledad: daga que punza la sangre en las venas, hierro silencioso que poco a poco se clava en el alma. ¡No, no podía ser! ¡Él no había nacido para que la soledad mordiera su alma y bebiera en sus venas! ¡Algo tenía que hacer para que la holganza no invadiera su cuerpo durante las horas del día! Entonces recordó lo que en una ocasión le había dicho su amigo Tirso: “La mejor arma que hay para combatir la soledad, amigo Eliecer, es un libro. Con un libro en tus manos, ni el hastío ni la melancolía podrán penetrar en ti”.

El recuerdo de aquellas palabras trastocó el ánimo del recién jubilado, y pensó en visitar, aquella misma mañana, la Biblioteca Municipal que había cerca de su casa. Aquí, lo primero que aprendió fue a hablar en voz baja, cosa que él ignoraba. Después, conocidas en el centro las inquietudes que hasta allí lo arrastraron, fue presentado a un grupo de amigos que, no solamente gustaban de leer, sino de escribir y comentar después las grandezas y miserias de sus propios relatos. Este grupo estaba dirigido por la sabiduría misma en literatura; por un verdadero samaritano de la enseñanza llamado José Mora, catedrático en ello y en ello jubilado.

El resto del grupo aún era pronto para saber lo que cada uno llevaba dentro, pero el recién incorporado intuía que todos, todos apuntaban maneras para ser unos buenos alfareros de historias. Así pues, satisfecho de su primera visita a una biblioteca, Eliecer volvió a su casa convencido de que, formando parte, como uno más, de aquel foro literario, aún era posible crecer a los 65 años.


A mis amigos del Taller de Literatura (biblioteca de la Latina)
Pío Mª Yagüe

3 comentarios:

  1. Pío, he leído tu cuento imaginando que escuchaba tu voz pausada mientras lo leías en el Taller de Escritura de José Mora.
    Participo en la idea de "crecer a los 65 años", aunque, a diferencia de Eliecer, yo llegué a la jubilación cargado de proyectos acumulados durante la época de trabajo.
    Felicidades por tu esfuerzo.

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  2. Este texto rezuma autenticidad por su contenido y por su estilo escueto y directo. Como en otros de los tuyos, parece una fábula vivida e incluso parece desprenderse de ella una especie de moraleja, en el mejor sentido de la palabra. Todos los que te conocemos nos sentimos agradecidos por la dedicatoria final y yo, además, un poco abrumado por la sabiduría que generosamente me atribuyes. Espero verte pronto como participante activo en nuestro Taller

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  3. Pío, ha sido una satisfacción leer tu escrito, vas por el camino de ser un escritor con personalidad. Estoy encantada de conocerte, y espero verte pronto.
    Cariñosos recuerdos.
    Carmen

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