Fernando apenas tenía cinco años y no había pisado escuela alguna, pero conocía las vocales y consonantes y se atrevía a formar sílabas manoseando el Catón. Con su padre y de forma paripatética aprendió la tabla de multiplicar así como las palabras de los letreros y anuncios de la calle. Ya sumaba y restaba añadiendo y quitando ciruelas de una canasta, que luego alineaba adecuadamente encima de la mesa. Siempre estaba abierto a la curiosidad de lo nuevo y a las viñetas de los tebeos.
Un día le impresionó ver dos libros exactamente iguales, encuadernados en piel, en la biblioteca de su abuelo. Con cuidado y algún esfuerzo cogió el primero; la cubierta estaba algo desgastada y sus páginas amarilleaban. Más tarde se enteró de que se trataba de una enciclopedia en dos tomos, editada a principios del siglo xx. Aleatoriamente abrió sus páginas y vió palabras y significados, que la mayoría de las veces no comprendíó, pero que al leerlos en voz nalta tintineaban en sus oídos y le hacían sentir una emoción inusitada.
Una cierta mañana, empinándose como habitualmente hacía agarró el primer tomo, el que iba de la A a la H, y con gran cuidado lo llevó hasta la alfombra grande de la lana verde del salón, se tendió y lo abrió por la página 7. Leyó en voz alta "aborto", que no comprendió ni tampoco la explicación que se daba. Luego pasó sus ojos por "abotonar", cuya pronunciación salió sonora de sus labios, lo que le produjo gran satisfacción porque había comprendido su sentido. Más tarde su curiosidad lo llevó hasta "abracadabra" y se dijo: -¿Qué extraña palabra? Y además empieza y termina igual. Cuando la pronunció con una diferente entonación sucedió lo inexplicable, el libro se fue haciendo cada vez más grande y él, por el contrario, empequeñeció. De pronto se dio cuenta de que se encontraba dentro del gigantesco volumen y que tenía un tamaño igual al de las letras, quiso correr pero se resbalaba con la lisura del papel.
Sucedió lo inesperado, oyó los pasos cadenciosos de su abuelo que se acercaba. Entonces éste lo cerró de golpe y lo colocó en su sitio.
Fernando.
Me alegra mucho que te hayas recuperado de la vista y de que te hayas animado a escribir de nuevo en el Blog. Y dicho ésto mi breve comentario.
ResponderEliminarEn los libros hay mucha magia, que es de agradecer, pero a veces, su poder puede ser tan embaucador y persuasivo que pueden conducir a perder el sentido de la realidad.
El protagonista de este cuento es un niño con mucha curiosidad e inquietudes literarias, para ser tan pequeño.
ResponderEliminarEsto es muy diferente los relatos a los que nos tienes acostumbrados, me ha gustado Fernando.
Me parece un estupendo minicuento. Creo ver en él, a través de una fábula fantástica, la curiosidad de un niño, es decir de todos los humanos, por descubrir el mundo que se halla en las palabras, recogidas en las páginas del más fascinante de los libros, el “diccionario enciclopédico” de nuestra infancia. Me identifico absolutamente con ese niño que se quedará a vivir para siempre en el mundo maravilloso de las palabras y su relación con las cosas, usando para ello de una llave mágica: la fórmula cabalística y mágica del “abracadabra”.
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