No despertó. Vivió el terror de encontrarse sumergido en un lago de tinta negra.
Durante ocho estaciones, había repasado el periódico con detenimiento morboso y se había recreado con especial esmero en la doble página que ampliaba la inevitable noticia de la portada, magnificada por la condición de profesor universitario de la víctima, con oscuras imágenes de lo que el reportero denominaba el escenario de los hechos, el parking de un edificio de viviendas de lujo en una de las zonas burguesas de la ciudad. Esta vez no aparecía en ninguna foto el bulto del cuerpo cubierto por la manta. En la otra página se daban unos cuantos datos imprecisos, prescindibles para la identificación, talla, peso, color de pelo y ojos, etc., y dos fotografías de los presuntos asesinos, ampliadas en grano grueso sobre originales que parecían de carnet, que le sugirieron un pensamiento sarcástico, si creen que van a identificarlos por estas mierdas, van jodidos: rostros vacíos que bien pudieran pertenecer a cualquier hombre, a cualquier ejecutor o a cualquiera de sus víctimas. Al salir del metro, dejó el diario, ahora ya inservible como mampara, en una papelera al paso. En la superficie era noche de invierno.
En el apartamento, soltó las llaves en la bandeja del mueble de la entrada, la gabardina y el portafolio símil piel en el sofá. La casa se encontraba vacía y silenciosa. Al conectar el crudo temblor del neón del cuarto de baño, surgió de la oscuridad. Lo miraba en formato cuadrado y lo reconoció, la mirada opaca tras los lentes de miope, el jersey de cuello redondo y los picos de la camisa por fuera, la expresión anodina. Igual que la foto. ¿Es posible que le sonriera? A pesar de ello, se encontraba tan hueco y tan hastiado. Con decisión arrebatada, dio un paso atrás, sacó el arma de la cintura y apretó el gatillo. El estruendo lo inundó todo con un denso chorro de luz negra, pero ni rastro del hombre de la fotografía. Nada. Caído sobre la taza del bidé, en medio de los restos del espejo hecho añicos, una quemazón en el pecho le acortaba angustiosamente la respiración. Por eso sintió terror cuando no se despertó, sumido en un grande y profundo charco de tinta china.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.