Me llamo Paulina aunque desde siempre todos me dicen
Lina, y con Lina me he quedado aunque en el DNI aparezco como Paulina González
Garamón. Siempre he vivido en Madrid, o mejor dicho, en Carabanchel Bajo.
Mi madre se desentendió de mí y de mis hermanos,
uno mayor que yo y otro más pequeño, y se marchó a Valencia a trabajar en una
fábrica de confección de pantalones vaqueros y, sobre todo, decía ella, para
estar cerca del mar. Esto sucedió al poco de que nuestro padre, perdida la cabeza
por el alcoholismo y con la vista muy reducida, se alocara (era relojero y en
los buenos tiempos, que yo no recuerdo, llegó a tener taller propio) por los
páramos de la Mancha, recorriéndolos en una bicicleta y manteniéndose unas
veces de la caridad y otras de trabajillos menudos y pasajeros.
Todo el tiempo hemos vivido, como he dicho, en
Carabanchel y de lo que mi abuela sacaba, con mi ayuda, del quiosco de periódicos
y revistas, chucherías y algunos libros, que tenía en un buen sitio del barrio de Argüelles. Mi
madre ahora vive en Alicante, está jubilada por la artrosis y por la columna
que la tiene hecha cisco; de tarde en tarde se viene a Madrid, se queda en la
casa de mi hermano mayor, que es un buen muchacho, casado y con una niña
pequeñita, durante una semana o así, más por la nieta que por nosotros, y se
vuelve a la orilla del Mediterráneo, y ya hasta cuando le dé otra vez la
ventolera por venir. A mi padre le perdí la pista hace muchos años; no sé si
continuará pedaleando o habrá dejado definitivamente la bici y la botella en algún
lugar de este mundo.
De mi otro hermano prefiero no hablar. Estaba
empezando el BUP cuando mi padre dio la espantá y después de muchos problemas
dentro y fuera del colegio, se metió en la mierda de la droga, al principio el
porrito, el canutito y yendo a más, desintoxicaciones y malos pasos y peores
rollos, hasta las cejas con la heroína y todo lo que le cayera a mano. Malvivía
con el trapicheo, y de bajarse al moro, y de hacer de mula, hasta que lo
trincaron una vez y otra y otra… Yo lo sacaba como podía pero no había manera.
Murió del sida y de todo lo que llevaba por dentro, en una cárcel de Burgos,
ahora va a hacer dos años.
Tengo cuarenta y un años y desde los dieciséis, que
dejé el Instituto sin acabar el 2º del BUP porque aquello no era lo mío, ayudé
a mi abuela en el quiosco que, con los
tiempos y las crisis, ha terminado por convertirse en una especie de
chamarilería de cosas inacabables. Mi abuela me lo dejó al morirse por
haberla cuidado cuando ella ya no podía ni moverse y yo me quedaba al frente
del negocio como única responsable. Y así la cuidé como si fuera mi madre hasta
que se murió.
Desde los diecisiete años he tenido relaciones, o novios
o como se quieran llamar, que me duraban más o menos. Me acuerdo la primera
vez que me enamoré; él tenía veinte y trabajaba en una pescadería de lo mejor
en la misma calle donde está el quiosco, era el hijo del dueño y a su padre le
parecía muy poco la nieta de la quiosquera.
Después vinieron otros. Uno que decía que era actor de teatro aunque nunca le vi y siempre hacía bulto como extra. Un italiano, no tan guapo como dicen que son, que conocí en unas vacaciones en Calella. Y de otros que no me acuerdo ni de sus nombres. Sí que me acuerdo de Ramón porque me llevó a un concierto de jazz y al café Gijón donde había escritores y gente inteligente y al Museo del Prado que es una pasada y al teatro varias veces. Me enseñó tantas cosas en la cama y fuera de ella que yo no podía ni imaginar, y a hablar en voz baja y a escuchar lo que dicen los demás; duró poco, seis meses, hasta el día que me dijo que se tenía que ir a una universidad de los Estados Unidos por un curso y que me llamaría cuando volviera; lo echaba de menos porque cada día se pasaba a comprar El País y revistas de intelectuales y a pegar la hebra conmigo, que no es por presumir pero yo sé, y por cómo babean los tíos cuando me miran, que estoy muy buena. Tenía unos años más que yo y era tranquilo y llevaba con paciencia mi ignorancia; lo admiraba y creo que me había colgado un poco de él; y la colgadura me duró hasta aquella noche en que salí a dar una vuelta con mi amiga Afriquita que me ayudaba, pagándole un dinero, en el quiosco, y por tirarme el moco con ella, que es más inculta que yo todavía, la llevé al café del cine Doré, que me había enseñado mi novio, y allí, en una mesa, me lo encontré al muy cabrón con una jovencita que tenía toda la pinta de una pija de su universidad; se hizo el loco como que no me veía pero me acerqué y le dije, en voz bien alta, oye, yo te conozco a ti, me dejé que me follaras hasta que me aprobaste en el examen (no me importa inventarme una historia con tal de cargarme a un malparido) y ahora veo que estás haciendo lo mismo con esta pibita, profe de mierda; y se quedó más cortado que una paraguaya sin saber qué decir, y yo, volviéndome, con el más puro estilo tipo carabanchel, dije: Afriquita, vámonos de aquí, que este sitio apesta a cabrón hijoputa. Estuve moqueando unas semanas pero, al final, todo se pasa.
Después vinieron otros. Uno que decía que era actor de teatro aunque nunca le vi y siempre hacía bulto como extra. Un italiano, no tan guapo como dicen que son, que conocí en unas vacaciones en Calella. Y de otros que no me acuerdo ni de sus nombres. Sí que me acuerdo de Ramón porque me llevó a un concierto de jazz y al café Gijón donde había escritores y gente inteligente y al Museo del Prado que es una pasada y al teatro varias veces. Me enseñó tantas cosas en la cama y fuera de ella que yo no podía ni imaginar, y a hablar en voz baja y a escuchar lo que dicen los demás; duró poco, seis meses, hasta el día que me dijo que se tenía que ir a una universidad de los Estados Unidos por un curso y que me llamaría cuando volviera; lo echaba de menos porque cada día se pasaba a comprar El País y revistas de intelectuales y a pegar la hebra conmigo, que no es por presumir pero yo sé, y por cómo babean los tíos cuando me miran, que estoy muy buena. Tenía unos años más que yo y era tranquilo y llevaba con paciencia mi ignorancia; lo admiraba y creo que me había colgado un poco de él; y la colgadura me duró hasta aquella noche en que salí a dar una vuelta con mi amiga Afriquita que me ayudaba, pagándole un dinero, en el quiosco, y por tirarme el moco con ella, que es más inculta que yo todavía, la llevé al café del cine Doré, que me había enseñado mi novio, y allí, en una mesa, me lo encontré al muy cabrón con una jovencita que tenía toda la pinta de una pija de su universidad; se hizo el loco como que no me veía pero me acerqué y le dije, en voz bien alta, oye, yo te conozco a ti, me dejé que me follaras hasta que me aprobaste en el examen (no me importa inventarme una historia con tal de cargarme a un malparido) y ahora veo que estás haciendo lo mismo con esta pibita, profe de mierda; y se quedó más cortado que una paraguaya sin saber qué decir, y yo, volviéndome, con el más puro estilo tipo carabanchel, dije: Afriquita, vámonos de aquí, que este sitio apesta a cabrón hijoputa. Estuve moqueando unas semanas pero, al final, todo se pasa.
No quiero ni recordar a los tíos que me he tirado
en los últimos tiempos. Ya no existen desde que encontré a mi Kevin, a mi amor, a
mi lucero y sol y luna de mi vida, al hombre que ha cambiado mi vida de
verdad, pero de verdad de verdad.
Mi Kevin hacía de monitor de gimnasia de mantenimiento
en la piscina a la que iba el año pasado para ponerme en forma y pasar en
la playa dos semanitas en agosto, que no hay para más por la típica crisis de
la que todo el mundo habla, ¡y joder cómo se nota! Enseguida me di cuenta cómo me miraba el guapazo del Kevin y me
quedé prendada de él.
Mi Kevin es de Bolivia, tiene cuarenta años, alto,
guapo de pelo castaño tirando a rubio y los ojos de un gris clarito. Y un
cuerpo de gimnasio y unos dientes perfectos, y un hablar dulce y meloso que me
emboba. Cuando llegó aquí fue hasta boxeador y conductor de una furgona de
reparto. Desde que estamos juntos me río más y me lo paso de puta madre porque
me lo da todo en la cama y fuera de ella. Estoy loca por él y ha cambiado mi
vida de verdad. Es que lo amo.
Nos vamos a trasladar a su país cuando pase el verano.
Nos casaremos y viviremos en La Paz. Con el dinero que me van a dar por el
traspaso del quiosco y con los dólares que mi amorcito va a
sacar de unas casitas y unas finquitas, heredadas de una tía suya fallecida recién allá en Bolivia, ya tenemos
pensado poner un negocio con el que podremos vivir como reyes en un país que ya
me encanta sin haberlo visto más que en fotos.
Afriquita, que es una aguafiestas y una envidiosa que
me tiene una envidia que no puede disimular, no se lo puede ni creer lo que
estoy haciendo y me dice que me he vuelto loca y que le da en la nariz que el
Kevin no es lo que parece y que tiene algo escondido en la manga, y cada vez
que me dice eso me espina y me reboto con ella. Por eso y por lo
plasta que se ha puesto, piénsatelo bien, piénsatelo, que te lo pienses,
me repite, he tenido con ella una bronca que por poco llegamos a las manos. Y
no he vuelto a verla, ni lo pienso.
En septiembre estaré feliz en ese país que ya va a ser muy pronto el mío.
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