Éste que me mira, de rostro
marcado por el tiempo, escasa melena que hace años fue trigueña y hoy grisea, la
nariz ajustada para soportar los lentes de miope que le acompañan desde la
juventud, la barba de un schnauzer gris y pacífico, la frente más que
despejada, ni alto ni bajo, el andar mesurado, decoroso en el vestir y alejado
de los dictámenes de la moda, ése, digo, soy yo. En mi documento de identidad figuro
como Fidelio Andrés Montalbán Fourquet, nacido en un lugar del Alto Aragón en una
fecha del pasado siglo. Mi vida, como la de muchos de mi generación, ha sido un
devenir de aconteceres diversos, algunos penosos e irreversibles y otros no
tanto, nomadeos que no buscaban a propósito el riesgo, nada de exotismos
lejanos, ni mucho menos superar retos o alcanzar plusmarcas: no cuánto se ve y se recorre sino cómo se ve y se recorre el camino. El
placer está en el camino y la nostalgia en la llegada. Y yo he rebasado, más o menos,
la mitad del camino.
Algunas ciudades, de aquí, de
allá y de más lejos, me han marcado de manera indeleble y siempre las llevaré
en mi corazón y en mi memoria: me ayudaron de una forma que sólo hoy puedo
apreciar en su justo valor.
Las mujeres, amables y generosas
sin excepción, me han dado, sin demasiados merecimientos por mi parte,
hospitalidad, amor, amistad, ternura, placer y algunos malos ratos que recordar no quiero. Y he procurado mostrarme
agradecido con ellas.
He vivido siempre de mis constantes trabajos
sin obnubilarme con la ganancia. Nunca me ha movido la avidez por el dinero: en
momentos de bonanza lo he gastado con liberalidad sin dejarme llevar por un
alocado despilfarro caprichoso y cuando no, mi condición espartana ha asumido la
austeridad sin dramatismos. Nunca lo he pedido a persona alguna ni he contraído
más deudas que las inevitables con eso que unos llaman el imperio del mal y otros la
impúdica puta Banca.
De un tiempo a esta parte concilio mis
actividades profesionales, que podríamos denominar sin demasiada precisión, alimenticias, con
la escritura y la lectura y, sobre todo, con la re-lectura, que es lo que me
proporciona más placer. Los viajes, reales o con el dedo sobre el mapa, y unos
pocos amigos de todos los sexos y edades me compensan y me previenen contra el aburrimiento.
Y ahora una declaración de
principios: en el momento presente no milito en ningún partido político, ni
estoy asociado a equipo de fútbol o a sindicato alguno, ni me cobijo bajo
ninguna bandera y recelo de la mayoría de los profesionales de la política que
gobiernan en sus propios beneficios. No me gusta mandar y quisiera mantener la
libertad para poder decir sí o no. Por
esto creo saber, aproximadamente, dónde estoy, habiendo dejado atrás cualquier clase de
dogmatismo.
Si llego a mantener la cabeza
lúcida y en su sitio, el cumplir años no será una tragedia. He vivido lo
suficiente como para darme cuenta de que apenas entiendo de qué va esto que se
llama la vida y si tiene
algún sentido.
No estoy seguro de casi nada pero
he comprobado que, con el paso del tiempo, cada cual tiene la cara que se
merece por mucho que intente disimularla con una careta, incluidas aquellas personas que se
someten a los estragos de la cirugía, o sea, faena de chapa, pintura y tuneado.
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