Hoy,
víspera de Navidad, se siente empujado a creer que el espíritu cordial que lo
impregna todo podría quizás anular su irresolución. Los ventanales empañados de
vaho arropan la confortable atmósfera, bienoliente por los efluvios de
infusiones, confiterías y licores, más notorios si cabe, en tan entrañables
fiestas, como diría el cursi glosador de la televisión. El salón está
engalanado con discretos y bien elegidos toques de ambiente navideño, la
iluminación es algo más intensa, una suave y apenas perceptible música de fondo
evoca el tintín de las campanitas, los abetos, los muñecos de nieve, el trineo
de los renos, los patinadores sobre el hielo, el barbado gordinflón, jo-jo-jó,
en rojo y blanco…, y no aparece por ningún rincón el temible árbol de navidad;
si acaso, alguna flor de pascua pone su llamarada purpúrea encajada en una
hornacina estratégica o sobre una repisa vistosa. El tópico navideño se
manifiesta delicadamente en todo su resobado esplendor. Hoy no ha sacado el
cuadernillo de notas del bolsillo de la trenka, olvidada sobre la silla
cercana, ni lleva el periódico con que ampararse. A esta hora de incipiente anochecida, se le ha acercado y,
risueña, no disimula su sorpresa con breves frases musitadas en un tono casi
confidencial. Hola, buenas tardes, me
alegro de verlo, ¿qué le pongo a esta hora?. Lo de siempre, para no variar, ha respondido él con una mediana
sonrisa. Y se siente invadido por una alentadora calidez cuando descubre que,
junto al del café, le ha colocado, feliz navidad, otro platillo con dos bombones que parecen
dos delicadas joyas.
Se
prendó de ella desde el momento en que la vio. Había estado acudiendo, lunes, miércoles
y viernes, puntualmente a las diez de la mañana para tomar un café con leche,
corto de café en taza grande, acomodado en la mesa del ventanal que se abre a
la Plaza del Almirante. Si su observatorio preferido estaba ocupado, ya le daba
lo mismo sentarse aquí o allá con tal de que pudiera verla en su ir y venir por el
salón. Disfrutaba con su mirada limpia cuando se le acercaba llevando,
sonriente, sobre la bandeja de pulida alpaca el ritual solicitado. Adoraba su
tierna figura de adolescente que ya ha cumplido los treinta, bajo el pulcro
uniforme, blanco sobre negro, de camarera de cafetería distinguida en este
distinguidísimo barrio, que no era el suyo ni el de ella. Él, entretanto,
fingía repasar las acotaciones de su cuaderno de notas o simulaba ojear el
periódico. Nunca se había atrevido a insinuarle su embelesamiento por temor a
ahuyentarla. Y así, una semana tras otra, durante casi dos años. Hasta hoy.
Ha
esperado paciente a que terminara su turno y la ve salir, transfigurada, con
plumífero azul eléctrico, gorro atrevido de lana, bufanda de enrollado
multicolor y guantes rojos. La ha seguido hasta la parada del autobús y, detrás
de ella, le bastaría con tocarla en el hombro para cerrar este cuento con el
final que todos quisiéramos.
Siempre los relatos de enamoramientos no correspondidos en un principio, como en esta historia, a uno le pica la curiosidad de lo que vendrá después; si él sera capaz de decirle algo a la chica, si ella..., en este caso efectivamente, Jose nos deja con, ese no saber, que siempre queremos que nos cuenten para no tener que imaginárnoslo.
ResponderEliminarAsí es, Paloma: el brevísimo relato deja el final abierto para que el lector o lectora imagine qué es lo que pudiera suceder más allá el punto final, que se cierra con una invitación. Yo animaría a cualquiera de los que lo hayan leído a que lo continuara y el resultado ya sería otro cuento.
ResponderEliminarJose, yo me animaría a continuarlo, pero no prometo nada.
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