miércoles, 13 de junio de 2012

Carta a Mateo: un relato autobiográfico en primera persona

Te escribo esta carta para que cuando consigas leer y entender sepas algo de cómo fue la infancia de tu abuelo.
Yo no fui a la escuela tan pronto como tú, que a los siete meses ya estabas en la guardería del colegio donde trabajaba tu madre de profesora. Yo debí de empezar a los cinco o seis años, y pocos recuerdos me quedan de aquella época salvo la figura del maestro, don Pablo,  un hombre mayor que nos trataba con respeto y preocupado por nuestros aprendizajes según la manera como se entendían entonces.
Era una escuela mixta. Todos los días cantábamos el “Cara el Sol” mientras se izaba la bandera. Nunca entendí aquel ritual, pero nos parecía divertido aquello de cantar antes de entrar en la escuela. También servía para que los que llegaban tarde, al oír cantar,  se dieran prisa y corrieran por que ya era la hora de entrar.
Los pupitres eran bipersonales, y la tapa sobre la que escribíamos, se levantaba y permitía guardar nuestras cosas en una  cajonera. Como ves, nada parecido a las mesas que tenéis ahora en el cole.
En la pared de enfrente según entrábamos había dos cuadros, uno con la fotografía de Franco y otro con la de José Antonio. Cuando estudies un poco más de la historia de España, entenderás qué pintaban estos dos señores allí en nuestra escuela. También había un crucifijo en el centro, justo detrás de la mesa del señor maestro.
En la pared de atrás, había otros dos cuadros: uno, de la Inmaculada, una virgen coronada de estrellas y sostenida por un grupo de ángeles. El otro cuadro era del Corazón de Jesús, un Cristo con un corazón dibujado en el pecho. El primer día del mes de mayo cantábamos “Venid y vamos todos, con flores a María…”,  mientras don Pablo trasladaba solemnemente el cuadro de la virgen a un clavo que había en la pared de enfrente, y allí permanecía todo el mes de mayo, al que llamábamos el mes de las flores. Lo mismo hacíamos el primer día de junio con el cuadro de El Corazón de Jesús mientras cantábamos otro cántico que ahora no recuerdo.
Cada mes, el señor maestro recibía una revista que se titulaba “Mandos” y en la portada traía un dibujo con el yugo y las flechas. Años más tarde supe que era del Frente de Juventudes de la que don Pablo nos leía algunas cosas, y siempre teníamos que escribir en el cuaderno una consigna. Yo no sabía lo que significaba la palabra consigna, pero sí recuerdo una que decía: “Vale más morir con honra que vivir con vilipendio”. Y tampoco la entendía.
Teníamos una enciclopedia para estudiar todas las asignaturas. A mí  me tocó una que ya habían utilizado mis otros dos hermanos. Imagínate como estaría, con todas las esquinas dobladas, las hojas manoseadas y rotas. Pero ya me gustaría conservar aquella enciclopedia como recuerdo. Muchas lecciones teníamos que aprenderlas de memoria y así nos las preguntaba el señor maestro. Por las tardes estudiábamos el catecismo, también de memoria, aunque muchas cosas tampoco las entendíamos.
En vez de las mochilas que lleváis ahora con todos los libros que tenéis, entonces teníamos un cabás, una especie de maletín de madera donde metíamos también una “tableta”  pequeña en la que escribíamos con un pizarrín y que era del tamaño de un “tablet” electrónico, como el que tú tienes ahora y manejas con tanta destreza,  pero aquel era de pizarra y se borraba con un trapo. En ella hacíamos las cuentas en sucio, y cuando ya estaban bien las pasábamos al cuaderno. ¿Qué te parece? Ni te lo imaginas, ¿verdad?
Nos gustaban especialmente las excursiones que hacíamos por el campo, y don Pablo nos enseñaba las clases de árboles. También había en la escuela muchas plantas de las que se encargan casi siempre las niñas.
 Otra persona que recuerdo de la escuela fue la señora Josefa, le llamábamos la maestra porque era la mujer del maestro y enseñaba a las niñas a cuidar de las plantas y a coser y  a bordar. Cuando llovía nos mandaba sacar todas las plantas a la calle porque decía que el agua de la lluvia era buena y les hacía crecer. Una tarde soleada de primavera, estábamos todos dibujando en silencio y de repente entró  a la escuela la señora Josefa gritando, --salid, rápido, salid todos corriendo, mirad- . La maestra, como le llamábamos todos, entraba con frecuencia a la escuela así sin avisar, pero aquella vez nos asustó tanto a todos que  pensamos que algo grave estaba pasando fuera y teníamos que salir. Y así lo hicimos, pero de forma atropellada, algunos se cayeron y salieron asustados y llorando por los pisotones de los otros. Y al salir vimos a la señora Josefa en medio de la calle que nos decía señalando el cielo: -mirad, mirad aquello- La verdad es que aquello no lo habíamos visto nunca, era un avión que volaba muy alto y dejaba tras de sí una larga estela de humo blanco que permanecía durante varios minutos, marcando en el cielo azul un largo surco claro y diáfano. No te rías,  Mateo, ya sé que esto ahora es muy habitual, sobre todo en el cielo de Madrid, pero aquel día era la primera vez que lo veíamos.
La escuela de la que te hablo todavía existe convertida ahora en una casa de cultura. Algún día te la enseñaré. Aún hoy cuando vuelvo por allí me parece mucho más pequeña que cuando yo estudiaba en ella y era un niño como tú.

MGP.   Mayo, 2012

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