Hace algunos años me regalaron un cuaderno de bolsillo protegido por una cubierta de cuero crudo. El cuaderno ha sido repuesto muchas veces. Del uso y con el tiempo, la funda ha adquirido el castaño oscuro y pulido de la silla de montar de un caballista incansable y ha ido perdiendo el olor acre y honesto del taller de talabartero. Me gusta tanto como para embadurnarla, de tarde en tarde, con crema protectora para las manos y sobarla y resobarla hasta que la piel se la embebe del todo. Siento agradecimiento por las sugerencias que me ofrece cada vez que releo sus notas bien protegidas.
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