miércoles, 10 de noviembre de 2010

Mi curiosidad… UN CRIMEN

Tengo seis hermanos. Sin duda están muertos ahora. Vivíamos en el parque de la Casa de Campo. Mis padres nos enseñaban a tener cuidado con los gatos, a tener cuidado con los perros, y sobre todo con el hombre. Los hombres, según me decían, eran el azote de la tierra.

-Ningún animal- decía mi padre, - puede destruir como puede hacerlo el hombre. Es capaz de matar despiadadamente a los de su especie, así que no esperéis clemencia para vosotros-.

-Querrá cazaros, ataparos, envenenaros pero, si sois listos, podréis romperle la estrategia y vivir de él. Nunca permitáis que os vea. Y si deja comida para vosotros, huid de ella porque os matará.
Tenéis que temer a los gatos y a los perros cuando los veáis, pero al hombre hay que temerlo siempre, visible o invisible.

¿Veré algún día ese poder con mis propios ojos? ¿De verdad podría matarme?

Una noche, mi padre no volvió a casa después de una expedición de saqueo. Cuatro días y cuatro noches estuve en ascuas por saber qué le había sucedido. Me avergüenzo de decir que no sólo se trataba de amor o de preocupación. No, el sentimiento que persistía más en mi interior era la curiosidad.

-Madre ¿es el hombre quién ha matado a mi padre? –Creo que realmente sólo el hombre puede haber sido lo suficientemente astuto como para atraparlo. Cuando salíamos de caza, esperaba ver al hombre. Y cuando el hombre venía, mi familia me forzaba a huir con ellos, aunque yo quería quedarme. Mis hermanos siempre se reían de mí y decían que yo era un soñador.

ESA CRIATURA era para nosotros un dador de vida, aunque también podía quitárnosla, y lo hacía con frecuencia. Yo quería estar con él. Adelgacé.

Yo, ERA DIFERENTE.

Durante un tiempo no salí de la madriguera. Me escondía. En apariencia, yo era igual que el resto; pero en mi fuero interno, estaba urdiendo planes y preparándome.

¿Cómo nos atrapa el hombre? ¿Cómo nos mata? ¿Cuáles son sus trucos?

Me respondieron que los hombres hacen diferentes tipos de trampas, pero todas funcionan de acuerdo con un principio básico; la víctima es seducida con comida y luego es asesinada o atrapada viva. Lo que debía aprender con más urgencia era la diferencia visible entre las trampas que mataban y las que atrapaban.

La vista de un semejante con el espinazo roto me aterrorizaba. Tenía que evitar a toda costa esas trampas. Pero la que atrapaba a la víctima viva era muy diferente: era una jaula. Cuando la víctima entraba a coger el cebo, una puertecilla bajaba, de manera que quedaba encerrada por los cuatro costados.

Una vez me quedé a ver qué le pasaba a una de esas víctimas. Me escondí y permanecí muy quieto y por la mañana temprano, un hombre con bata blanca vino y recogió la trampa. Lo seguí por el parque, y lo vi recoger dos o tres más. Luego se subió a un coche.

Había en el hombre un aire de intencionalidad que me produjo recelo. Pero estaba claro que no habría utilizado ese tipo de trampas de no haber tenido una razón específica. La cuestión era ¿Qué razón? Era preciso conocer al propietario de la trampa. Mis expediciones me llevaron cada vez más lejos. Me alejaba tanto que no podía volver a la madriguera hasta el alba, de modo que me escondía en algún agujero hasta que cayera la noche.

¿Qué era lo que buscaba? Lo único que sabía era que cuando lo encontrara, lo reconocería. Mi búsqueda duró cuatro meses. Exploraba casa por casa. Grababa en mi memoria la situación de cada trampa, y cuando encontraba la adecuada , esperaba al propietario y estudiaba su rostro y sus movimientos. Sabía que NO debía hacerlo.

Mi búsqueda llegó a su fin una noche de verano. Me abrí paso hasta la cocina de una casa grande y antigua. De no haberme impuesto la misión de examinar cualquiera posibilidad, habría pasado de largo ante ese lugar tenebroso. Encontré la cocina sin mucha dificultad. Me impresionó la limpieza del lugar, y más aún me gustó la trampa que encontré junto a la despensa. Era del tipo “jaula”, de las que atrapan a la víctima sin hacerle daño.

Estaba contemplando la trampa, cuando se abrió la puerta de la cocina. En ese momento, vi lo que había estado buscando.
Alejandro Riaza.
Madrid- Noviembre de 2010.

5 comentarios:

  1. La lectura de la breve narración de Alejandro nos produce una sensación de intriga inquietante. El narrador-protagonista es víctíma de su curiosidad y audacia llevada hasta el límite. ¿Qué es lo que vería el valiente roedor?

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  2. Al leer este cuento, mi memoria me ha llevado a recordar dos narraciones que dan voz a una rata. Una en forma de película de dibujos animados, "Ratatouille", y la otra como una novela corta, "Firmin". Ambas dan voz a simpáticos roedores que piensan y sienten, trasladándonos a la vida a nivel del suelo con dos actividades muy diferentes: la cocina y los libros. Dos de mis pasiones favoritos. Si aún no las habéis disfrutado os invito ello.

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  3. El cuento de Alejandro me recuerda una actividad literaria que yo propuse una vez a mis alumnos de la ESO sobre "El flautista de Hamelín". Se trataba de cambiar el punto de vista del narrador. Resultó muy divertido el trabajo de un alumno que utilizó a una rata para contar el cuento en primera persona.

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  4. Alejandro nos deja con las ganas de saber que pasa con el protagonista de su cuento, que lejos de aplicar los consejos de su progenitor extrema su curiosidad hasta las últimas consecuencias. Me imagino a un simpático y pequeño ratón gris claro cara de fisgón(si es que los ratones pueden tener algún tipo de cara).Me ha gustado.

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  5. No me ha extrañado que me gustase el relato, es más, por saber que me gustaría lo he leído, lo raro, aquello que me sorprende, es encontrar un texto de Alejandro en internet, jeje, el hombre que nunca quiso a los ordenadores. Abrazos.

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