En un lejano pueblo vivía Bernardo, un hombre muy pobre que trabajaba la tierra y criaba mulas y asnos para luego venderlos. Tenía fama en todo el país pues sus animales estaban brillantes y lustrosos debido a sus cuidados y buena alimentación. A todos sus animales nada más nacer les ponía nombre aunque los vendiera.
Un día al parir una de las mulas, vio que el animal recién nacido, tenía un defecto, una de sus orejas en lugar de estar tiesa estaba doblada hacia abajo. Él se dio cuenta que iba a ser muy difícil venderla debido a su defecto, pero a pesar de ello la crió con mucho cariño y la mula, a la que llamó Ruperta era querida por todo el mundo. La gente venía de pueblos lejanos para comprarle sus mulas, pero los compradores nunca escogían a Ruperta debido a su defecto, la mula a pesar del cariño que le daba Bernardo, se sentía muy triste por ser despreciada por los compradores.
Sobre últimos de diciembre cayó una nevada muy grande en el pueblo y todas las personas que pasaban por el pueblo, tuvieron que detener su marcha y acudir a la posada en busca de comida y cama.
Ya entrada la noche, llamó a la posada un hombre llamado José que venía con María su mujer, que estaba a punto de ser madre, pidiendo albergue. El posadero tuvo que decirle que la posada estaba llena y que de lo único que podía disponer para resguardarse del frío, era un pequeño establo sin animales. El posadero abrió la puerta del establo y al ver que hacía mucho frío se ofreció a buscar un par de animales para que les dieran calor. Fue a su vecino y le pidió un buey y luego se acercó a la casa de Bernardo para pedirle una mula, pero él, esa misma mañana había vendido todas y sólo le quedaba Ruperta. El posadero llevó a los dos animales al establo. A poco más de media noche, nació un niño al que llamaron Jesús.
El niño a pesar de que era muy tranquilo en un momento determinado, se puso a llorar y su madre, María, no sabía como consolarle a pesar de que intentó de todo.
Ruperta, sorprendida por el llanto del niño que era un sonido extraño para ella, se acercó al bebé y éste al ver algo largo que le colgada cerca de la cara, que no era otra cosa que la oreja doblada de Ruperta, la cogió con su manita pequeña y tiró con fuerza empezando a reír.
A partir de aquel día cada vez que lloraba Jesús, hacían la misma operación consiguiendo el mismo efecto. Fue tal el cariño que se estableció entre Ruperta y Jesús, que María y José quisieron comprarle la mula a Bernardo, pero éste se la regaló.
Ruperta viajó con sus nuevos dueños por todo el país y según fue creciendo Jesús, el cariño entre los dos se hizo cada vez mayor y se hicieron inseparables.
Me ha gustado tu cuento de Navidad, con su ternura infantil y la presencia de los animales que aparecen en los "nacimienntos" que tanto gusta a los niños ya sean lectores o escuchantes. Estoy seguro de que tus nietos permanecerán boquiabiertos y encantados ante tu relato.
ResponderEliminarTan sólo una mínima observación, no literaria sino de zoológica: las mulas no paren porque al ser un animal híbrido, cruce entre un asno y una yegua, son siempre estériles.