miércoles, 7 de diciembre de 2011

Leves caricias

Me acababan de servir el café pedido; apenas había sacado los papeles para prepararme la clase de la tarde cuando alguien me toca en el hombro. Me sorprendió su levedad y a la vez todo lo que me hizo sentir, pero resistí sin levantar la vista hasta que se sentó delante de mí. Es una capacidad que he aprendido con los años: sujetar los impulsos y no dejar que me controlen.

-Hola, ¿llevas mucho tiempo? Sabía que te encontraría aquí.

Sí, era María. Hablaba como si se hubiera ido una semana fuera. La verdad es que estaba aún más guapa que entonces; que hubiese alcanzado la cuarentena y los diez años que había estado en Londres le habían sentado muy bien, no creo que fuese por la comida. Echaba en falta que me hubiera dado dos besos. Como soy de pensar siempre bien, me dije que las costumbres inglesas le habrían hecho olvidar las españolas. ¿Cómo se saludaban los ingleses?

-Pues sí. Ya sabes que soy un hombre de rutinas, y aquí, de momento, se está a gusto.

¿Cómo estás? ¿Qué haces aquí?

-Quería verte. Me han ofrecido volver una vez más y he creído que diez años fuera ya son suficientes. Y quería hablar contigo.

-¿De qué?

-¿Cómo que de qué? ¿De qué va a ser? Pues de nosotros, de ti, de mí, si has rehecho tu vida, si sigues enamorado de mí, si quieres que volvamos...

Tras unos segundos, que me tomé para meditar si soltar los impulsos que en ese momento me ardían por dentro, nada que ver con los de curiosidad que aparecieron cuando me tocó. Decidí soltarlos, pero sin perder demasiado la compostura.

-¿Estás de broma? ¿Después de tanto tiempo vienes aquí como si nada? Estás loca.

-Era algo que necesitaba hacer, y no podía estar escribiéndote o llamándote, porque si no hubiera vuelto enseguida. Además, Virginia me contaba como estabas.

-Por favor, vete.

Me miró sorprendida, aunque después respondió con una sonrisa que me decía que sabía que volvería a ella. Se levantó y se fue, no sin antes repetir el mismo roce en el hombro que hizo al llegar. A través del espejo situado en la pared podía observar sus andares de espaldas, joviales y alegres. Lo peor es que tiene toda la razón.

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