miércoles, 28 de diciembre de 2011

Sol de la ribera

Bajo este sol agradador, aunque no suficiente ya que el abrigo y la bufanda no molestaban, todo lo contrario, aportaban, sumado aquél, la temperatura corporal ideal para pasear tranquilamente al borde del río. A nuestro lado pasaban bicicletas y personas corriendo, a alrededor, cada tantos metros, los niños jugaban en los columpios y demás artefactos para tal efecto. Íbamos de la mano, o del brazo, aunque por desgracia la necesidad de usar guantes impedía el contacto de nuestras pieles. Un contacto añorado, que me producía, por una parte, el deseo de volver a casa para poder recuperarlo, por otro, quería que este momento, esta sensación tan simple, y a la vez tan agradable, no se fuera jamás.
Después de muchos años en los que, apenas éramos compañeros de cama, como si estuviésemos obligados a compartirla por necesidad, más por obligación que por deseo, bordeando la separación total, aunque nunca fue más de un mes, y normalmente motivada, o casi justificada por trabajo, siempre volvíamos al hogar, al hogar mutuo, el interior de esas cuatro paredes que habíamos construido entre los dos, cada uno aportando nuestros detalles, e incluso colocando alguno de ambos, que ha aguantado treinta años, modificándose al ritmo que nosotros cambiábamos, tanto individualmente como pareja.
Al principio la cuerda que nos ayudaba a seguir unidos eran nuestras hijas, pero también sobrevivimos primero, al hecho de que se fueran a estudiar fuera, a estar tres meses sin tenerlas en casa, y después, a como la mayor se iba a vivir con su novio a Londres y la pequeña se fuese a trabajar a Milán, sufriendo esa soledad aumentativa, juntos, codo con codo. Ayer vinieron, como siempre, apurando y a última hora, poco antes de la cena. Pero como siempre, disfrutamos muchísimo con las historias de la pequeña, que no paraba de hablar, sólo interrumpida, y de muy de vez en cuando por los breves e ingeniosos comentarios de la mayor que conseguían siempre darles la puntilla y hacerlos perfectos, como siempre que se disponían a hacer algo las dos; cada una conseguía suplir las carencias, o la falta de virtudes, de la otra.
Hace treinta y cinco años que nos vimos por primera vez, también bajo este sol, aunque a más de mil trescientos kilómetros de aquí, siendo ambos turistas. Yo, creyendo que era una romana más, con su larga melena negra, su voluptuosidad, igualita para mis ojos a esas actrices italianas de mitad de siglo, que siempre me habían gustado tanto, más para tener algún contacto que para hacer turismo, la pregunté junto al castillo de San't Angelo:
-Scusi, ¿la piazza del popolo?
-Disculpe, ¿no eres el hijo de Francisco, el notario? -tras mi cara de sorpresa, se explicó-. No se debe acordar de mí, soy la hija del dueño del restaurante de Manolo, donde va a comer habitualmente -pausa-, me acuerdo que estuvistéis hace tres fines de semana.
Tras el desconcierto y, sobre todo, la incredibilidad de no haberme fijado en semejante belleza con la de veces que había ido a ese restaurante, y que ella sí lo hubiera hecho, empezamos a hablar y a recorrer Italia juntos, yo dejando tirados a mis amigos, y ella, alargando su estancia una semana más para acompañarme.
La verdad es que el Manzanares no se parece mucho al Tevere, pero tiene su aquél.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.