viernes, 23 de diciembre de 2011

Surcos de palabras

En las horas plenas de aquella tarde de mayo, todo era favorable para que la voz del poeta se transformase en trueno e inundara el valle de una forma memorable. Y allí, sentado bajo el viejo roble del collado, algunas imágenes comenzaron a tomar cuerpo en su mente y a hacerse visibles a los ojos de su alma. Una de éstas era lo dócil, lo manso que se le mostraba el sol en su despedida, por lo que osó pedirle un trocito de su estela púrpura y guardarla en su librillo.

Allá en lontananza, unas nubes ora moradas, ora grises, ora traslúcidas y seductoras cambiaban constantemente de postura, buscando la pose definitiva ante una mano que las inmortalizara.

Abajo en el soto, la laguna que dona su sangre a los prados pugnaba por comunicarse con el artista por medio de su lenguaje de espejos. Y allí mismo, junto al arroyo, los surcos hechos en la tierra, a punta de rejón, se alineaban con cierta simetría intencionada.

Sí, todo un campo, “de flores esmaltado”, se extendía ante la vista del aedo, el cual, desbordado por tanta oferta de ensueño, lo llevaron a él también a formar sus propios surcos de palabras. Después, llegado el momento de pisar tierra, guardó su cuaderno, con un trocito de sol púrpura dentro, y caminó en busca de otra vaharada de aire fresco que lo envolviera en su propio nimbo. Para entonces, ya el cielo comenzaba a vestirse de sus mejores galas, quien sabe si con el designio de seducir a cuantos ojos lo mirasen.

A esa misma hora, los grillos del anochecer doblaban su frente al paso del peregrino, llevándolo en aras de un pasillo de aplausos.


Pío Mª Yagüe.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.